Siria y los sirios empiezan a reconstruirse

miércoles, 29 noviembre, 2017

Los supervivientes de siete años de guerra comienzan a regresar a sus hogares mientras el Gobierno trabaja en restaurar infraestructuras en las grandes ciudades.

Enfrentarse a las ruinas del barrio Al Sukkari, el más devastado de Alepo, encoge el corazón a cualquiera. Lo que un día fueran edificios rebosantes de vida se han convertido en esqueletos de alambres enjambrados por colgajos de cemento. Alepo cumple un año desde que el Ejército regular sirio expulsara a unos 2.000 insurrectos y yihadistas atrincherados en un puñado de barrios. Entre una tremenda montaña de escombros, sorprendentemente asoma la vida. Una colorida colada que asoma sobre el poyete de un balcón, señala que, allí, ha regresado una familia de desplazados.

“Hemos vivido cinco años acogidos en un colegio. Pero este mes nos dijeron que teníamos que irnos”. Quien habla es Nahla Jataba, de 38 años y madre de siete. Su familia es una de las dos que regresado a este edificio que, antes de la guerra, albergaba 15 hogares. “No sabemos nada de nuestros vecinos. Algunos se fueron a Turquía, otros a Damasco”, explica. Alepo, la ciudad más poblada de Siria con casi cinco millones de habitantes en 2010, vio huir a una quinta parte de ellos a otras ciudades. Unos 332.000 han vuelto a lo que queda de sus casas.

Jataba ha pedido a su hermano un préstamo de 1.600 euros —unos dos años de sueldo en Siria— para poder rehabilitar su antiguo hogar. Blanquecinos ladrillos contrastan con los boquetes en las paredes de los pisos vecinos, que exponen impúdicamente salones y baños como si de una casa de muñecas se tratara. Las vistas de su balcón dan al antiguo colegio de sus hijos, hoy reducido a la horizontal como el 40% de las escuelas del país.

En este séptimo año de contienda, las tropas regulares sirias han recuperado alrededor de un 70% del territorio, donde vive el 78% de los sirios. Controlan las mayores urbes —Damasco, Homs, Alepo… a excepción de Raqa—. El balance humano de la guerra es demoledor con entre 320.000 y 470.000 muertos —según las fuentes—, un tercio de ellos civiles. El coste económico asciende a 200.000 millones de euros, con el 27% de los hogares sirios destrozados por los combates, según cálculos  del Banco Mundial. Acompañado por un funcionario del Gobierno, EL PAÍS recorre las tres principales urbes sirias: Damasco, Alepo y Homs.

Las obras de reconstrucción son visibles en las carreteras que conectan las ciudades, en los espacios públicos y las zonas catalogadas como patrimonio cultural. Pero el 10% de los seis millones de desplazados internos que este año han decidido regresar a sus hogares —la mitad de ellos a Alepo— han de costearse la rehabilitación de sus viviendas. Otros cinco millones de refugiados siguen desperdigados en los países vecinos y en Europa. Hoy quedan en el país 18 millones de los 23 que había al inicio de la guerra.

Lo primero, limpiar las minas
“Lo primero ha sido limpiar de explosivos y minas los barrios. Después despejar las calles de escombros y ahora empezaremos a rehabilitar los servicios básicos”, explica Lama Keyali, del departamento de prensa de la Gobernaduría de Alepo. En la práctica, las palabras de Keyali se traducen en seis años de continuado trabajo para limpiar los 14,9 millones de toneladas de escombros que la guerra ha dejado en la que fue la mayor ciudad y capital económica de Siria. Y ello, con unas arcas estatales secas tanto por el esfuerzo bélico como por la caída en picado de las dos principales fuentes nacionales de ingresos: la producción del crudo ha caído un 93% y la agrícola, un 40%.

En la alcaldía de Alepo han elaborado un plan de reconstrucción que, sin embargo, ninguno de sus arquitectos logra traducir en cifras. En el terreno, el grado de destrucción varía de calle a calle, de barrio a barrio, siendo Alepo la segunda provincia más afectada por el conflicto de las 14 con las que cuenta el país, después de Raqa.

La solidaridad de los conciudadanos
Varias calles más allá de Al Sukkari un hombre se adentra en lo que se antoja un edificio al borde del derrumbe. Munido con una linterna sortea ágil la hilera de peldaños que parecen sostenerse sobre el vacío hasta alcanzar el tercer piso. Ahmad Halar, de 58 años y antiguo portero, explica por qué tuvo que abandonar su casa en el barrio kurdo de Sheij Masoud el 15 de junio de 2014: “Porque las milicias kurdas me pedían a uno de mis hijos en sus filas para poder quedarnos”.

“Tengo siete hijos. Bueno, seis, porque uno murió combatiendo en Al Bab”, cuenta en el salón de su nuevo hogar. Otros tres de sus varones combaten con el Ejército sirio. El menor, Ahmed, está de baja envuelto entre mantas sobre un colchón postrado frente al televisor tras haber sido herido en una pierna. Sobreviven con los 65 euros que logran juntar entre la pensión de viudedad de su nuera y el sueldo que el patriarca gana cargando bidones de aceite en una fábrica. No pueden costearse los 50 euros de alquiler que les piden por un piso sin amueblar, así que han decidido ocupar este edificio en ruinas. A Halar le ha salvado la solidaridad de sus conciudadanos. Desde la del dueño del edificio que no le exige renta a un desconocido que un día apareció con una puerta con la que sellar la entrada de su vivienda.

Es en los espacios públicos donde se percibe el mayor ajetreo de obreros y camiones de cemento. El viejo zoco de Alepo, de más de 3.000 años, ha sido destruido al 70% por los combates. Esta semana varios comerciantes han reabierto sus tiendas y la avenida está a rebosar de clientes. Es el caso de Abderrahman Shisman, de 41 y tercera generación de productores del famoso jabón de Alepo. “Con las fábricas destruidas en Alepo ahora producimos en Afrín [localidad kurda al norte]”, explica. Sin aviones ni morteros sobrevolando sus cabezas, los alepinos se acercan en masa para visitar el casco antiguo sorteando los boquetes del suelo. Las grúas se balancean sobre la mezquita omeya y entre callejas se avistan improvisados tenderetes.

La autopista entre Damasco y Alepo huele a asfalto recién esparcido y los escombros que torpedeaban el camino 10 meses atrás han desaparecido. Aquellos poblados de tránsito como Esfira recobran sus interminables atascos con autocares, camiones repletos de mercancías, tanques rusos o furgonetas cargadas de familias estrujadas entre bártulos.

En Homs se yergue de nuevo el indescriptible escenario producto de la destrucción humana. El barrio de Khaldíe es el más afectado. Allí, hileras de edificios derrumbados se relevan hasta donde alcanza la vista. Un puñado de soldados saluda afable a los conductores de autobuses y taxistas que, de cuando en cuando, impregnan de movimiento la estática imagen de posguerra. Varias líneas de autobuses han sido restablecidas para recoger a las 25 familias que han regresado a vivir en esta ratonera.

Regreso a lo que queda del hogar
De la nada aparecen tres mujeres escoltadas por un adolescente. Es la primera vez en seis años que los Badous se han atrevido a aventurarse para ver qué ha sido de su hogar. Con la inmunidad psicológica que confieren largos años expuestos a la guerra y sus traumas, el trágico momento no es uno de llantos y lamentos como cabía esperar. Las mujeres se llevan las manos a la boca o a la cabeza, y apenas avanzan un par de metros para evitar hundirse en un suelo inestable. “Mira a dónde han ido a parar las cortinas”, dice la matriarca, al tiempo que recoge un inservible mechero del suelo. “Buff, no queda nada”, resopla su hermana, incapaz de asimilar lo que tiene enfrente. Cabizbajas emprenden el camino de vuelta al piso del alquiler que, ahora saben, habrán de pagar varios años más.

Los muros que antaño separaban edificios han sido perforados para permitir el tránsito de los combatientes y resguardarse de la mirilla de los francotiradores. Una pintura de un caserío de campo ha resistido sobre la pared de lo que parece fuera un salón. A sus pies se esparcen ropas y enseres, testigos mudos de una vida pasada. En el patio interno, un jazmín de dos metros crece orgulloso entre restos de basura, ajeno tanto a la guerra como a la posguerra.

El parque camposanto y las bodas
A medio día comienza el tronar de ráfagas de Kalashnikov en el cementerio de Ferdus, en el centro de Homs. En realidad, este terreno fue proyectado como parque, pero la guerra lo ha condenado a convertirse en el camposanto de los mártires. Centenares de tumbas siembran la tierra. La mayoría de soldados, como Shadi, en la veintena, al que entierra su familia entre el desconsolado sollozo de su esposa y el murmuro de los rezos. Murió en el frente de Hama, recordando que mientras tres cuartos del país intentan reconstruir su vida, otro cuarto sigue sumido en los frentes de batalla. Todas las tumbas están fechadas del 2012 en adelante. Los más pequeños han caído en la miríada de atentados terroristas que han sacudido la ciudad.

Los combatientes (insurrectos, yihadistas o soldados) suman el 60% de las víctimas de la guerra. Al tiempo que el Gobierno de Damasco celebra la inminente victoria, existen focos de guerra en varias regiones como Idlib, Deir Ezzor, la periferia de Damasco o Hama. El resto, se esfuerza en recomenzar de nuevo.

“Son 15 de los 30 barrios de Homs los afectados o destruidos por la guerra”, dice en el Ayuntamiento Reem Baalbaki, arquitecta del grupo de expertos encargados de la reconstrucción. En la Gobernaduría aún no logran evaluar su coste. Entre tartas de hormigón y lianas de metal se avista la luz de una farola. A pocos metros camina una familia cogida de la mano. En este barrio, varios comerciantes reabrieron sus puertas un año atrás. Fueron los primeros en solicitar a la alcaldía el restablecimiento de un tendido eléctrico y del conducto de agua. Hace seis meses que la familia Kabani trabaja en la reconstrucción de su hogar. Los combates han dictado la suerte y el tiempo que los desplazados tardarán en regresar a sus casas. Cada mañana, esta familia camina varias calles hasta llegar a la avenida de Hamidie, donde resurge la vida entre un agitado tráfico y el bullicio de los comercios.

Al anochecer repiquetean de nuevo los tiros al aire. Esta vez para festejar las bodas. Sara, de 22 años, y Mohamed, de 30, se casan. El soldado ha obtenido cuatro días de permiso del frente de Abu Kamal, al sureste, el que fuera el último reducto del ISIS en Siria. En el salón de belleza de Alestora, el trajín es agotador. Las novias pululan nerviosas en busca de una pestaña postiza perdida, un retoque de uñas, o algo más de laca en el peinado.

Al igual que en Alepo, la reconstrucción del zoco de Homs avanza a buen ritmo. “Desde 2014, hemos rehabilitado 165 de los 380 comercios”, cuenta Bahaa Khuzan, responsable del proyecto de rehabilitación financiado por el PNUD (el Programa de la ONU para el Desarrollo).

24 horas de luz, por fin
De regreso a Damasco, corazón del país con 4,5 millones de habitantes en tiempos de preguerra. “¡Hace más de un mes que tenemos casi 24 horas de electricidad!”, cuenta eufórico Elías, en el barrio cristiano de Bab Tuma. Damasco ciudad ha sobrevivido casi intacta, si no fuera por las cicatrices invisibles que arrastran consigo sus habitantes, entre ellos un millón de desplazados. En los últimos diez días 76 morteros lanzados desde zonas insurrectas han matado a 33 personas y herido a 154. Decenas de civiles han muerto también en esa periferia insurrecta damascena bajo las bombas de los aviones rusos y sirios que sobrevuelan la capital constantemente.

Conforme la vida parece retornar a las principales ciudades y los desplazados regresan con cuentagotas a sus hogares, en las escasas bolsas insurrectas prosiguen la guerra, los bombardeos y la escasez de víveres. La periferia de Damasco ha sido inaccesible a la prensa, debido a los combates. En barrios como Jubar, Meliha, Daraya o Yarmouk, que EL PAÍS ha cubierto en los últimos años, apenas queda el 25% de la población. Nadie se ha aventurado allí para valorar los daños de la guerra.

Por: Natalia Sancha

Fuente: ElPais.com

Deje su comentario:

Nuevo Lector

Email
Nombres
Paterno
Materno

Descargar

Descargue Acrobat Reader