Mujeres

Martes, 7 marzo, 2017

Benjamin Franklin fue político, diplomático, científico, inventor del pararrayos, las lentes bifocales o las aletas de buceo y uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos. Y también el decimocuarto hijo de un total de 17 hermanos: la que más se le parecía en talento, carácter y determinación era su hermana Jane.

Pero la vida y las leyes de Massachusetts pusieron a cada uno en caminos diametralmente distintos. La legislación de aquel estado norteamericano obligaba a los niños pobres a saber leer y escribir. A las niñas no se les pedía tanto: bastaba con que aprendieran a leer.

Jane era su confidente, su apoyo y algo más. Benjamin le escribía más cartas a ella que a cualquier otra persona. Cuando Benjamin se fue de casa para trabajar de impresor en Nueva York, ella sólo tenía 11 años. La hermana favorita se le casó a la edad de 15 con un inmigrante escocés curtidor de pieles que se pasaba más tiempo en prisión de fuera. De los 12 hijos que tuvo, enterró 11.

Lo cuenta Eduardo Galeano en un relato titulado Si él hubiera nacido mujer: “[Jane] pasó noches en vela acunando a los que lloraban, lavó montañas de ropa, bañó montoneras de niños, corrió del mercado a la cocina, fregó torres de platos, enseñó abecedarios y oficios, trabajó codo a codo con su marido en el taller, y atendió a los huéspedes cuyo alquiler ayudaba a llenar la olla. Jane fue esposa devota y viuda ejemplar, y cuando ya estuvieron crecidos sus hijos se hizo cargo de sus propios padres achacosos y de sus hijas solteronas y de sus nietos sin amparo”.

La imagen de Benjamin sale en el reverso de los billetes de 100 dólares americanos.

A mujeres como Jane no se las ve en ninguna moneda de curso legal.

(…)

Mujeres salvando a hombres. Y también mujeres salvando a mujeres.

En los ocho años en los que Patricia Lledó, ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, trabajó en Madrid sólo se le murieron dos mamás. Únicamente en aquel mes en Pakistán se le murieron diez.

“Aquel mes fue el más duro… Uf. Estábamos en el hospital de Timergara, al norte del país, en una zona donde hacían incursiones los talibanes”, me contaba Patricia. “Muchas de las carreteras estaban cortadas. Las mujeres que iban a dar a luz llegaban tardísimo; se ponían a sangrar y no salían de casa hasta que no llegaba el marido. Así pasaba muchas veces, que llegaban con el esposo 48 horas después agonizando. Aquel mes era cesárea tras cesárea. El anestesista y yo ya no podíamos ni con los brazos. Hasta que llegó una madre con un bebé atravesado, que llevaba de parto tres días, con el útero a punto de reventar. Todos nos pusimos contentos porque la mujer había llegado a tiempo a pesar de todo. Cuando le pedimos al marido permiso para hacerle una cesárea, nos dijo que no. Una hora después nos la trajo de vuelta. Muerta”.

Patricia les decía a las mujeres del Hospital Benson de Monrovia (Liberia): “Women have the power!” [“¡las mujeres tienen el poder!”]. Jane (que aprendió a escribir a pesar de las leyes) seguía intercambiando cartas con su hermano: “I read as much as I dare” [“leo tanto como puedo”].

Entre una historia y otra han pasado 300 años. Casi nadie sabe quién es Jane. Las mamás de Patricia no tienen nombre. En todo este tiempo hemos avanzado mucho. O nada. Mañana es el Día Internacional de la Mujer. Delante de cada gran hombre hay siempre una. A mí hoy no me salía escribir de otra cosa.

Por: Pedro Simón

Fuente: ElMundo.es

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