Líderes contra partidos

martes, 28 marzo, 2017

Asistimos de nuevo a la glorificación del líder, ese arcano proveedor de esperanza que conjura mágicamente toda incredulidad. Una de las características de las presidenciales francesas es que tres de sus aspirantes no se sostienen sobre un partido: importa el líder, la organización pasa a un segundo plano. Ha ocurrido también con Jesse Kleber en Holanda y en la fastuosa entrada del nuevo candidato a la secretaría general del SPD alemán. La supuesta crisis de la socialdemocracia parece haberse esfumado de un plumazo con el efecto Schulz.
Esta salida personalista a la crisis de representación elimina una dimensión narrativa que los partidos ya no son capaces de asumir. Sabemos que en democracia las elecciones no registran la mera distribución de preferencias y prejuicios ciudadanos, sino que abren un proceso de deliberación pública para conformar la opinión. Pero los partidos ya no canalizan y ordenan el debate. No es casual que este fenómeno coincida con la época de la posverdad: esa iniciativa y capacidad organizativa de la opinión en el espacio público ha desaparecido.

El principio representativo no se basa en la identificación proyectada hacia clases o hechos sociales. Ahora es la personalidad del político el nexo identitario con el ciudadano, y se valora lo que aquel es, no lo que podría hacer. De Macron se dice que es europeísta, pero no se habla de su programa político para Europa. La campaña no se despliega sobre propuestas, sobre la cultura política que produce un partido, sino sobre las polémicas apariciones mediáticas del candidato y la narración épica que genera su persona.

La representación creativa y organizativa ha dado paso a una representación-selfie: no buscamos cobijo identitario en la formación política, sino vernos reflejados en el líder. Somos nuevos narcisos. La tentación de convertir la soberanía popular en selección de personas está ahí, como la de transformar al “político por vocación” en “hombre-pueblo” que personifique la naturaleza misma de la democracia. Paradójicamente, no es en el terreno de las personas, sino en el de las ideas, donde se juega la principal lucha política.

Por: @MariamMartinezB

Fuente: ElPais.com

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