Obama y la posibilidad de mejores tiempos

Lunes, 10 noviembre, 2008

La victoria electoral de Barack Obama representa la redención del pueblo estadounidense frente a un mundo que lo miraba inclinarse a un lado político hegemónico e imperial, que crea resentimiento e inseguridad; y también muestra la evolución social de la sociedad americana. En su discurso de victoria en Grand Park, él envió un mensaje claro a los pueblos del mundo: “A todos aquellos que esta noche miran desde mas allá de nuestras fronteras (…) Nuestras respectivas historias son únicas, pero nuestro destino es compartido, y un nuevo amanecer de liderazgo americano está en camino”. Muchos esperaban esa promesa en Europa, Asia, Latinoamérica y, especialmente, en el Medio Oriente y África. Siempre habrá tiranía y amenazas a la seguridad de las naciones, pero una democracia no debería infligir sufrimiento ni prometer guerras que durarán décadas. George W. Bush y los fanáticos neoconservadores de su gobierno, como el vicepresidente Dick Cheney, o el ex Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, prometían eso. De hecho, bajo la nueva política de defensa, EE.UU. utilizaría organizaciones multilaterales sólo cuando fuera conveniente para realizar los objetivos propuestos, lo que subestima la importancia de Naciones Unidas y daña el desarrollo y aciertos de la “costumbre internacional” como herramienta normativa para calificar el comportamiento de las naciones. Las promesas de John McCain iban en el mismo camino. Él, a pesar de ser un hombre de liderazgo y coraje, pertenece a otra era; a una donde los embates geopolíticos de la Alemania Nazi y luego de la Unión Soviética amenazaban al mundo; a los tiempos en que Estados Unidos perdió su guía moral por ganarle a un sistema que pretendía dar felicidad, pero que terminó oprimiendo a su gente tras una cortina de hierro. El conflicto entre la libertad y la opresión fue ganado por la libertad en 1991, pero a un costo moral y político muy grande. Como en toda guerra, la moralidad se perdió y los líderes que llevaron a Estados Unidos a Irak en 2003 pertenecen a aquella generación que en su afán por ganar la Guerra Fría, terminó comprometiendo su dignidad y su espíritu. Por eso alegra que Obama haya recordado al mundo que Estados Unidos bajo su liderazgo será un amigo y no un opresor. Alegra también que en su campaña siempre haya hablado de la importancia que tiene en su agenda el mejoramiento de las relaciones bilaterales y la reestructuración de los principios políticos que comandan su comportamiento en organizaciones multilaterales. La paz y la seguridad de Estados Unidos deberán ganarse mediante el diálogo y la diplomacia y no de causas que en verdad son un esfuerzo por dominar mercados y que, en ese afán, terminan por torturar y extinguir la felicidad y seguridad de otros pueblos como el iraquí. La promesa de Obama en Grand Park significa para muchos la redención del pueblo americano frente a quienes sufren por sus guerras y su afán por ganarle al terrorismo; una causa tan vaga y desenfocada que sólo aumenta la inseguridad en el mundo. Para ser justo hacia todo el pueblo americano debe decirse que este objetivo es sólo de unos pocos, pero poderosos, neoconservadores que han transado la moral por obtener riquezas y que desde 1998 han venido trabajando para invadir Irak e implementar una política de defensa hegemónica y agresiva. En cuanto a Irak, alegra que McCain no fuera electo, ya que prometió algo tan grave como decir que EE.UU. bajo su presidencia se quedaría allí por el tiempo que fuera necesario para ganar la guerra contra los insurgentes y que si esto significa permanecer cien años, entonces será un centenario. McCain, que pertenece a otra era, no logra ni logrará entender cuáles son los verdaderos factores que originan el terrorismo en Irak y el mundo. El triunfo de Obama también es un tributo a todos los afroamericanos que, sin ser activistas, pelean por el derecho a la educación, a vivir sin racismo y a sentirse libres de prejuicio en su propio país. Aunque los ataques a esa comunidad continuarán, de mano de radicales e ignorantes, esta victoria representa la culminación de un esfuerzo de casi 400 años, es decir, desde que los colonos ingleses se instalaron en Virginia. El triunfo electoral sólo fue posible debido al trabajo sucesivo de héroes como William Du Bois, Martin Luther King Jr., Rosa Parks, Jesse Jackson, o el afroamericano común que, como sus antepasados, debe enfrentar la agresión de un sector retrógrado. Como indicó Obama en su discurso, muchos de los mayores que celebraron vivieron los horrores de una segregación racial respaldada y protegida por la ley en estados sureños como Alabama, Georgia, Mississippi, o Arkansas y vieron como en 1962 el futuro gobernador de Alabama, George Wallace, declaraba en reacción a las leyes federales de integración: “En el nombre de la gente más importante que ha pisado esta tierra, marco la línea en el polvo, arrojo los guantes ante los pies de la tiranía y digo: segregación ahora, segregación mañana, segregación para siempre.” Obama recalcó el caso de Ann Nixon Cooper, quien votó a sus 106 años: “Ella estuvo ahí para ver los buses en Montgomery, las mangueras en Birmingham, el puente en Selma, y a un pastor de Atlanta que le dijo al pueblo ‘venceremos’, sí, podemos”. Recalcó la grandeza americana para dar justicia y pelear para que el cambio viniera, aunque un día el gobierno federal tuvo que mandar al ejército a proteger a niños afroamericanos que iban a su primer día de clases, como ocurrió en Little Rock, Arkansas. Con el triunfo de Obama el racismo y el terror perdieron la batalla frente a la tenacidad de generaciones de afroamericanos que luchan por ser mejores. Es también el triunfo moral de todos los blancos que pelean por integrar a las minorías y probarle al mundo que el racismo en EE.UU. está en retirada. Muchos en Grand Park eran blancos que también lloraron. Muchos americanos de descendencia europea no tuvieron vacilación para votar por un presidente afroamericano. Aunque EE.UU. tiene imagen de racista, esta elección prueba la evolución social de su sociedad, que aunque lenta, se afianza cada vez más.

Felipe Cordero

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